Hace unos años tuve en mis manos un juego no-del-todo-brillante llamado Sushi Express que tenía una mecánica para su sistema de apuestas que me resultó atractiva. Quise entonces utilizar dicha mecánica para desarrollar un juego de cartas inspirado en dicha mecánica como eje central y durante unos meses trabajé en unos cuantos prototipos. Todos ellos sin una temática asociada, lo que, una vez depurado el juego tras cientos de pruebas y reingenierías, me provocó un nuevo quebradero de cabeza. Y no porque la temática fuese difícil de pegar, sino más bien al contrario.
Tenía entre manos un juego que se desarrollaba sobre un tablero circular formado por varias cartas. Los jugadores se movían sobre dicho tablero recogiendo objetos en unas cartas y llevándolos a otras. La puntuación dependía del valor de los objetos recogidos, agrupados por colores. Así de simple. Por lo tanto las temáticas se sucedían: barcos piratas que navegan entre islas recogiendo tesoros y llevándolos a su isla pirata, médicos recogiendo fallecidos por la Peste Negra y llevándolos al cementerio, polícias deteniendo a ladrones y llevándolos a comisaría, niños recogiendo juguetes repartidos por la casa y guardándolos en el armario, etc.
Llegué a fabricar un protito llamado Funeralia que partía de la opción más extravagante, la de la Peste Negra, y lo envié a concursos -pasó el corte en Granollers- y lo presenté a editoriales -sin demasiada fortuna-, antes de comprender que no funcionaba todo lo bien que debía por un más que evidente problema a la hora de resolver el orden de juego.
Así que aquí estamos un tiempo después, con los problemas del orden de juego resueltos y con una nueva temática que, reconozcámoslo, aprovecha el tirón de los Mitos de Cthulhu. Pero qué demonios, llevaba ya tiempo con la idea en mente de hacer un juego lovecraftiano.
